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1 La misionera va a encontrar un mundo nuevo en hábitos y costumbres bien diferentes de aquel en que se educó. 2 La misionera busca, trasponiendo los mares, almas que Le conozcan, amen y glorifiquen eternamente. 3 La misionera, con verdadera caridad cristiana, busca para sus semejantes, la dicha de la que ella goza desde su primera infancia: la dicha del conocimiento de Dios. 4 No olvida la misionera que no será más delante de Dios el sabio que el ignorante, el civilizado que el salvaje; si ambos alcanzan el mismo grado de caridad. 5 La misionera siente, lo primero, respeto para con todos sus semejantes sea cual sea la edad y condición. 6 ¡Cuánta presencia de Dios necesita la religiosa misionera! 7 ¡Cuánta paciencia, qué dominio de sí misma para soportar las impertinencias de los niños, las groserías de los mayores, y las prevenciones de todos contra el extranjero, contra el que enseña cosas tan ajenas a las que ven a su alrededor! 8 ¡Qué espíritu de sacrificio necesita la misionera para acomodarse a todos, para vencer las repugnancias que la naturaleza siente ante costumbres tan contrarias a las que formaron su primera educación! 9 La misionera tiene que ser, ante todo, alma de oración. 10 Solo en la oración podrá hallar esos tesoros de bondad, discreción, tranquilidad de ánimo, igualdad de carácter, todas esas cualidades que hacen atrayente a la persona. 11 Solamente en esa vida de contacto con Dios puede llegar a dominar su natural para atender a todas las personas que Él pone en su camino. 12 Sea que escuche, que enseñe, que corrija, que consuele, que alegre los juegos infantiles, hágalo siempre apoyada en Jesús. 13 Si pide con insistencia, todos los días, todas las horas, tenga certeza que no le ha de faltar. 14 La religiosa misionera debe amar mucho su vocación y sentirse feliz haciendo de ella su verdadero tesoro. 15 Agradece al Señor el haberte escogido para ministerio tan de su agrado. 16 Adora los designios divinos y piensa que tal vez tu santificación tiene que ir unida a la de otros. 17 En momentos de desaliento, ¡qué dulce pensar: no me voy a presentar ante mi Juez yo sola, llevaré en mi defensa muchas almas que abogarán por mí. 18 Amando su feliz vocación, todo su estudio, todo su talento, todas sus cualidades ha de aplicarlas a obtener los mejores frutos en su obra misional. 19 Comprenda la misionera lo importantísimo del estudio de la lengua del país al que vaya. ¿Cómo enseñará, amonestará, ganará los corazones de aquellas gentes para Jesucristo y su Iglesia si no puede entenderse con ellas? 20 Graves inconvenientes trae para una Casa de misión el que las religiosas no conozcan bien la lengua. 21 Si se dedica a la educación debe adquirir todos los conocimientos posibles en pedagogía y puericultura. 22 No es el mucho aprender las materias lo que trae el mejor éxito, es el interés en hacerse cada vez más apta en cuanto esté de su parte. 23 En todas las obras es preciso el orden pero mucho más en la nuestra por su misma naturaleza. Con el orden se conservan la armonía, la paz, el bienestar y la alegría. Se obtiene mayor éxito con menor trabajo. 24 El orden exige una dependencia racional: cada cual en su puesto y a cada uno su derecho. 25 La base de la educación es el buen ejemplo. Las alumnas aprenderán, y podremos exigir que se respeten entre sí y a los demás, si ven que nosotras lo hacemos. 26 He aquí una buena base de orden: el respeto mutuo, afianzado en la benevolencia, con el mutuo amor. 27 La Santa infancia no es un lugar de paso como el colegio. Es el hogar, la casa de las acogidas. Y es preciso que se encuentren en ella y que cada Hna y alumna se compenetren de ese espíritu familiar. 28 Piense en lo triste que es la vida de un ser que no siente a su lado corazones que le amen, que si le atienden en sus necesidades es solo por deber o por caridad cristiana. 29 Religiosa misionera, ama, ama a las niñas que Dios pone bajo tu dirección y amparo. Que todas y cada una se sientan amadas, como se sienten amadas todas las hijas de una familia por numerosa que sea. 30 Huye, hermana mía de la parcialidad. De las parcialidades de las que dirigen nacen muchos caracteres envidiosos, egoístas, vengativos… con todas sus consecuencias. 31 Las pequeñas condescendencias que se tienen con todas, nada tienen que ver con la parcialidad. 32 Ama, ama a todas, dando a cada una lo que necesita en lo material y en lo moral. 33 Pide al Señor un amor universal a tus alumnas y Él, que sabe cuan necesario te es en tu obra educativa, no dejará de oír tus ruegos. 34 Es preciso formar en nuestras niñas la piedad. Pero esto no se consigue con largas exhortaciones, sino con suavidad, constancia y el buen ejemplo. 35 Sé tu misma muy piadosa y si sabes hacerte amar de tus alumnas, ellas lo serán también. Los hábitos buenos, o malos, que se contraen en la infancia y adolescencia, duran de ordinario toda la vida. 36 No te contentes con enseñar a rezar. Hazles entender cómo se reza y para qué se reza. 37 Han de habituarse a pequeños vencimientos, de manera que estos primeros ensayos las entrenen para ser “la mujer fuerte” de que nos habla la Biblia. 38 Ante todo, antes de hablar a las niñas de cosas espirituales, enterémonos de si están bien alimentadas, si gozan de buena salud, si padecen alguna necesidad material. 39 Nunca serán excesivos los cuidados materiales que prodiguemos a nuestras niñas. A veces son tímidas y ocultan sus necesidades y a veces, si son muchas, es fácil distraerse. Procuremos que dentro de nuestra pobreza, no les falte lo necesario, pues un cuerpo extenuado y doliente no está bien dispuesto para las expansiones del espíritu. 40 Un elemento que ayuda mucho al desarrollo físico es la satisfacción interna, el bienestar y la alegría. Deja tiempo y libertad para que las niñas jueguen y se expansionen a su gusto. Solo los entretenimientos que ellas eligen constituyen verdadera diversión. 41 Evita imponer mandatos difíciles y que se prevé no han de obedecer. La buena educadora previene las faltas y así rara vez se ve obligada a castigar. 42 Los castigos nunca han de tener ciertas formas que den temor o que supongan que sea una venganza por parte de quien lo aplica. 43 Que la niña no vea que en el acto mismo del castigo comete la religiosa una falta. Que no note que la domina la ira, la precipitación, los prejuicios, la parcialidad. 44 Dirigir frases o signos despectivos, utilizar castigos deprimentes no dan otro resultado que agriar los corazones y endurecer los sentimientos. 45 No logrará enmienda verdadera el castigo duro, por el contrario se despiertan los sentimientos de odio, de venganza hacia la persona que castiga, y tal vez hacia la religión que ella representa. 46 Son muy útiles las amonestaciones reflexivas, pero si se quiere que den resultado han de ser acertadas y cortas. Las reprensiones largas y repetidas sobre el mismo tema, lejos de convencer, fastidian; nada menos simpático que una maestra eternamente gruñona. 47 Los premios se deben usar con más frecuencia que los castigos. El premio de una acción loable, resulta un verdadero castigo para el que tiene conciencia de haber obrado en sentido opuesto. 48 Acostumbremos a nuestras alumnas a apreciar de tal manera la aprobación o desaprobación de sus actos, que en la misma tengan el premio o el castigo más valioso; y en realidad lo es para una persona bien formada. 49 Recordemos a nuestro Divino Maestro llamándose El Buen Pastor: buscando a la oveja descarriada y cargándola sobre sus hombros. Nunca la mala conducta de una, ni la ingratitud de otra, haga que intentemos abandonar a ninguna. 50 Que todos encuentren en nosotras un recurso espiritual, cuando menos, en sus momentos tristes. 51 Hemos de hacernos “todo para todos” como aconseja el Apóstol, pero cuidando que no sean los de fuera los que nos gobiernen, sino que las religiosas, siempre dueñas de sí mismas, sean las que guíen a las personas de fuera por los caminos que conducen a Dios. 52 Religiosa misionera, tanto como es grande tu misión, tanto necesitas los auxilios de lo alto. Permíteme que te repita: ¡acércate a Jesús! 53 Ve con frecuencia al pie del Sagrario; si no puedes detenerte allí mucho tiempo, unos minutos siquiera, y si ni aún de esos momentos dispones, tu espíritu siempre debe quedar libre para volar a donde está constantemente aguardándote el Amor de los amores. 54 A los pies de Jesús aprenderás la verdadera manera de honrar a la Virgen. Misionera Dominica la devoción a María es tu herencia, el Santo Rosario es tu arma poderosa para todos los combates. 55 Corre a ofrecer a la Reina de los cielos el hermoso ramillete místico que Santo Domingo nos legara. El Santo Padre lo ha enriquecido con la indulgencia plenaria; y el amor con que tú lo reces, lo enriquecerá con nuevos tesoros. 56 La oración de la misionera siempre debe ser apostólica; no ha de rogar solamente por sí misma sino por todos los redimidos, por todas las personas que ella desee conquistar para Dios. 57 La religiosa misionera, antes que misionera es religiosa: consagrada a Dios. 58 Si queréis hermanas, llevar por el camino de la virtud las almas de vuestras discípulas, es preciso que corra por el mismo camino la vuestra. 59 No es la mejor misionera la más capacitada por sus conocimientos y pericia, sino la más virtuosa, esas son las verdaderas columnas de la obra misional. 60 La virtud de la obediencia, la que supone la perfección de ese voto que comprende los tres, es de una importancia suma en el buen éxito de todas nuestras obras apostólicas. 61 Evitad los prejuicios, guardaos de juzgar desfavorablemente y sin motivo muy notorio. 62 Guardaos de censurar los actos de una hermana ante las demás, ni escuchéis las censuras y murmuraciones de las demás. Guardaos, sobre todo de que las niñas lleguen a notar vuestras susurraciones. Es menos malo dejar morir los cuerpos que envenenar las almas. 63 Conservad todas entre vosotras la mutua caridad. Vivid unidas y concordes ¿Qué podríais hacer de bueno sin esta unión? ¿Y cuáles son los motivos que a ella pueden oponerse? 64 Nada más difícil que el conocerse a sí mismo, ni nada tampoco más necesario. 65 El amor propio nos ciega y tiene la habilidad de presentarnos falseadas todas nuestras acciones. 66 Nuestra defensa está en la sinceridad. Miremos nuestros actos no como propios sino como de otro y los sabremos juzgar con más rectitud.. 67 Seamos sinceras con nosotras mismas, sepamos afrontar la verdad neta de lo que somos, de lo que sentimos, de lo que hacemos.. 68 Se sincera contigo miStma. Deséalo al menos, pues ese deseo reconoce que puedes vivir engañada. 69 Acude a la oración. Solo Dios puede darnos, si se lo pedimos, esa luz que necesitamos para la propia santificación, para vivir en buena armonía con todos, para hacer agradable la vida de nuestra comunidad y de los que nos rodean. 70 El sufrimiento nos es útil, forma nuestro carácter, aumenta nuestro valor y nuestras energías. 71 Es preciso aceptar las contrariedades como venidas de la mano de Dios, Él permite la divergencia de temperamentos, de educación, de mentalidad… para que tengamos algo que ofrecerle. 72 La persona que no sabe sufrir, hace practicar a los demás la virtud que ella no tiene. 73 No confundamos susceptibilidad con delicadeza de sentimientos. La persona delicada y fina en su trato no molesta nunca. El carácter susceptible sufre mucho y hace sufrir. 74 La susceptibilidad es un mal hábito basado en la falta de reflexión y reforzado por el orgullo. A la persona susceptible todo le ofende: lo que se hizo con la mejor voluntad y lo que no se hizo. 75 Empieza aceptando por amor de Dios y en silencio, todas esas tribulaciones que tanto relieve toman en tu fantasía. 76 En silencio en la presencia de Dios irás descubriendo la realidad, llegarás a admirarte de tus apreciaciones y te traerá la paz 77 Trabaja cuanto puedas material y espiritualmente en la heredad del Señor que no quedará sin recompensa tu trabajo. 78 No seas el obrero perezoso, que para el descanso Nuestro Señor te reserva toda una eternidad. 79 No te preocupes demasiado por tu salud que El te conservará las fuerzas que necesites para su servicio. 80 ¡Qué triste es ver a algunas religiosas que inutilizan su vida hallándose siempre dispuestas a sentir mil males imaginarios! Con tantas medicinas que no menos que la santa pobreza lesionan la salud. 81 El trabajo moderado aumenta la salud, con él crecen las energías físicas y la resistencia a las enfermedades. 82 Las enfermas en las comunidades, son los ángeles que velan por ellas y atraen incesantemente los favores del Señor. 83 La gratitud es la virtud natural de las almas nobles. 84 La obra es una, los ambientes los mismos. Nosotras hemos de tener un solo corazón y una sola alma en Dios, como miembros de un mismo cuerpo. Poco celo, y ningún interés, indica eso de “no es de mi incumbencia”. 85 La buena voluntad en el fondo, y la delicadeza en la forma, deben regular todas nuestras acciones. 86 Las pequeñas pasioncillas, son la polilla que a veces, corroe toda una obra, y con operarias de buena voluntad. 87 Pidamos al Señor que todos los días nos revista de las virtudes sólidas: que nos olvidemos de nosotras mismas, que todo nuestro interés sea para su gloria. 88 Roguemos al Señor, a la Virgen María y Santo Domingo que se cierren todas nuestras casas si en ellas no han de santificarse las personas que Él nos confía. 89 ¡Adelante, el Señor cuidará de mí! 90 Gracias, Señor, gracias. 91 ¡Qué bueno es nuestro Dios! 92 Se pasaban bien las horas hablando con el Dueño de la mies, que es el que da crecimiento a la cosecha y el que envía operarios a su campo. 93 ¡Cuánta necesidad de pastores tiene este rebaño del Señor! ¡Que bonito sería que alguna de nuestras hermanas se dedicara a la formación de estas jóvenes! 94 De nuestro espíritu ha de brotar la espontánea alabanza al Señor por sus misericordias. 95 ¡Qué consolador comprobar que estas gentes sencillas, después de tantos años de persecución, sin sacerdotes, sin templos donde reunirse, conservaban viva su fe y su devoción al Santo Rosario. 96 ¿Es imitable la fidelidad de estas gentes del Continente, que después de tantos años aún estaban preocupados por lo que hubiera podido pasar a su misionero? 97 Ojalá, quiera Dios allanar los caminos para que pronto podamos volver, si no yo, sí mis hermanas y hermanos Misioneros. 98 Hemos encontrado en China dos catequistas fieles que, han sido las “vestales” que han mantenido el fuego sagrado de la fe en esta cristiandad y en medio de estas ruinas. Son dignas de ser aceptadas en la Congregación. 99 Es necesario que trabajemos desinteresadamente y que nos mantengamos unidos en la caridad, y a pesar de las dificultades, Dios llevará su Iglesia adelante. 100 Les dimos un rosario, una pequeña propinilla, y una palabra de consuelo que mantuviera en su espíritu la luz verde de la esperanza: ¡volveremos a China!. |